Exposición: Gravedad cero

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GRAVEDAD CERO recoge, en una composición coral de temas recurrentes, toda la dulzura, la amargura, el dolor y la risa que hay implícitas en cualquier relación amorosa. Para él no hay amor sin dolor ni hay risa sin pena, el sexo es divertido y es también amargo…Deja patente en cada uno de los papeles su destreza y maestría en el uso técnico de la acuarela para reflejar las luces y las veladuras de las relaciones cuerpo a cuerpo; aplica con minuciosidad todos sus sentidos para perfilar cada curva, cada gesto, cada mensaje. Sí, hay una forma de volcar sobre un papel lo que el individuo amado siente y lo que el ser abandonado padece, y Roberto la domina.

En Gravedad Cero Roberto Maján cocina el potaje de las relaciones humanas con los ingredientes más frescos del mercado; no faltan hermosas zanahorias, cebollas, huevas de salmón, flores… que junto a su corpus simbólico de arquitecturas opresivas, sexos descacharrados y otras entropías, aderezan y contribuyen al equilibrio, siempre inestable de un plato nuevo, aunque de un sabor conocido.

En este déjà vu gustativo, se deconstruye, como en la moderna cocina, para dejarla en evidencia, la dualidad y su papel como generador de nausea existencial. Los ingredientes de este plato, no siempre de gusto, luchan entre ellos por solapar el sabor del otro, ejecutan en la ingravidez del puchero una delicada coreografía, y con elegantes fintas en medio del baile, atraviesan accidentalmente el corazón de su oponente. Los bailarines, siempre inocentes, se encarnizan sin saber que lo hacen, se someten siendo sometidos, invaden territorios cuando lo que desean es escapar, agrandan su fe cuanto menos ven, y otras innúmeras paradojas que se producen cuando se desvela la trascendencia bélica del amor. Y así como las flores y los amaneramientos formales son el contrapunto a tanta secreción de humores gaseosos o líquidos y no permiten que la nausea se haga arcada, el humor, precisamente, tan presente en Roberto, nunca deja que el drama sea completo. Comamos pues y celebremos en esta sinestesia de sabor, risa y dolor, pues no hay contratiempo humano que no pueda convertirse, por medio de la perversión del lenguaje y la gastronomía moderna, en un pretexto para la belleza.

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