Pasión y muerte en el JAZZ: Mi encuentro con Warne Marsh

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No es que sea yo una persona especialmente religiosa, no van por ahí los tiros. La verdad es que llevo un tiempo con algunos achaques de salud. Nada demasiado serio, creo, pero lo cierto es que está resultando un proceso doloroso, y largo de curar y, aunque voy mejorando poco a poco, podríamos decir que me encuentro, de alguna manera, en mi propia “Semana de la Pasión”. Así que pensé en exorcizar mis males aprovechando la excusa de la Semana Santa, hablando de las baladas de jazz más tristes que recuerdo, de ahí la primera parte del título.

La segunda parte: hablar de la muerte – en este caso, sobre el escenario- surge espontáneamente, madurando la idea anterior con la finalidad de redondear la historia, afán que siempre persigo para hacer el relato más ameno. El propio hecho de la Semana Santa me facilitó el camino, y ya me había documentado desde hace un tiempo con la historia del trompetista Lee Morgan, que es parecida. Pero me faltaba el caso autentico, alguien que hubiera muerto en plena actuación. Ha sido por una serie de causalidades que he dado con él hace unos pocos días, y de ahí la tercera parte del título, que es la que da todo el sentido al artículo.

Podría pensar que lo que me ha sucedido es un ejemplo de lo fina que es, a veces, la línea que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Lo encuentro excitante. Si alguien me preguntara si creo en la vida más allá de la muerte le respondería que no. Pero darle este sentido a estas señales, a estas causalidades, he de decir que, francamente, es algo que me alegra la vida.

Veamos….

LA PASION EN EL JAZZ, según Javier Pérez-Nievas

Desde mi punto de vista, abundan en el jazz más los temas alegres que tristes. A eso ayudan, claro, el ritmo y el swing que lo caracterizan. Muchos blues son tristes, pero en el jazz creo que su influencia es mayor en la estructura de los temas. ¿Qué canciones encuentro auténticamente dolorosas?. Pocas, hay muchas famosas baladas tristes, como “I loves you, Porgy” ( de Gershwin; y sobre todo la interpretada por Nina Simone), o muchas de la última etapa de Billie Holiday. Otras te dejan una sensación melancólica o nostálgica, como “Mood Indigo”, de Duke Ellington, o te hacen soltar una lágrima, como “My Foolish Heart”, de Bill Evans. Pero esta vez se trataba de encontrar aquellas que, para mí, hicieran tangible el dolor o la desesperación. A continuación, os propongo mis tres favoritas.

1.- “NEVER LET ME GO”, Bill Evans.

A Bill Evans ya le dediqué un artículo hace un mes. Poco queda por decir. Con respecto a “Never Let Me Go”, estaría escribiendo horas. Es un lamento continuo, que se repite una vez tras otra con la reiteración del pianista sobre la melodía principal, y que conecta por unos acordes debussianos maravillosos. Así más de 14 minutos. El tema fue compuesto por otro Evans, Ray, junto con Jay Livingston, para la película “La Hora Escarlata”, de Michael Curtiz, en 1956; e interpretada muiscalmente por primera vez por Nat King Cole.

2.- “LAMENT”, de J.J. Johnson.

No hay que confundirla con otra del mismo título, de Ahmad Jamal, que también está bien pero no es triste. Esta la pongo para que no se diga que con un instrumento de metal, en este caso trombones, no se puede transmitir tanto lamento. Me parece maravillosa. A mí, y a mucha gente, pues hay pocos casos de canciones compuestas en la era moderna del jazz que se hayan convertido en “standards” y esta es una de ellas. JJ Johnson fue el trombonista del bebop por excelencia, y es reconocido como el artífice de que este instrumento haya pervivido en el jazz moderno. Formó una banda con otro gran trombonista, Kai Winding ( que también toca en la pieza de Youtube). Lo único que no me gusta, es el nombre comercial que se dieron jugando con el parecido fonético de ambos nombres (J. and Kai: “LLei and Kei”), que me hace recordar más a algún grupito de música ligera sin interés. Cuanto mayor es la banda, mayor es la sensación de desesperación que transmite.

3.- “LONELY WOMAN”, de Ornette Coleman

Y dejo para el final la más desgarradora de las tres, la compuesta e interpretada por el líder espiritual del Free Jazz, en los 60, el saxofonista Ornette Coleman. ¡Si hasta parece que tiene un cierto aire español y semanasantero!

LA MUERTE EN EL JAZZ.

Lee Morgan. El caso más conocido fue el de este trompetista. Fue asesinado a balazos tras terminar la actuación en un club del East Village de Manhattan por la que era, o fue, su compañera Helen More, en febrero de 1972. Lee tenía 33 años y era el trompetista del momento. En otra ocasión hablaremos de su obra. El destino quiso que la misma persona que le rescató de la droga y le hizo revivir y volver a ser una gran estrella del jazz, le arrebatara la vida, tras un ataque de celos. Como extracto musical de Lee Morgan, os dejo una grabación extraordinaria de 1958- como muchas de las que se hacían en Europa por entonces- del “Moanin” de Art Blakey and The Jazz Messengers, gran tema de Bobby Timmons, director musical y pianista de la banda. Además, contextualiza la historia, pues fue Art Blakey -el batería- el que hizo que tanto Lee como Bobby cayeran en las garras de la heroína mientras estuvieron en la formación. La grabación muestra también al contrabajista Jimmye Merritt y al gran Benny Golson, al saxo tenor, del que hablaremos en otro artículo, pues es uno de mis favoritos. Atención al estupendo solo de piano de Bobby Timmons, y al ejemplo de “Call & Response” ( Llamada y Respuesta) entre Piano y metal, metal y piano, al comienzo y al final de la pieza.

Warne Marsh. Este gran saxofonista tenor, nacido en Los Ángeles, del que dicen que fue de los más grandes improvisadores del jazz, murió en plena actuación en el Donte´s club, en Hollywood, mientras interpretaba el tema “Out of Nowhere” en 1987. Tenía 60 años. Warne y Lee Konitz (saxo alto) , pero sobre todo Warne, fueron los dos grandes discípulos de la escuela de Lennie Tristano. Este pianista, originario de Chicago y ciego desde niño, aparte de ser un gran pianista de jazz, enseñaba su propia aproximación a la improvisación, basada en tiempos muy largos, sin “licks”, de forma colectiva, y utilizando el contrapunto. Su escuela era la más famosa de Nueva York en los 40.

Warne es hoy un gran desconocido, pero fue parte muy activa en la grabación de los primeros discos de improvisación libre publicados, en unas sesiones para la casa Capitol, en el año 1949: “Intuition “ y “Digression” , por el Lennie Tristano Quintet.( Tristano, Marsh, Konitz, el guitarrista Billy Bauer y el contrabajista Arnold Fishkin). La escuela “cool” de Tristano. Estas grabaciones fueron históricas: no olvidemos que sucedieron nada más y nada menos que diez años antes que “Kind Of Blue” de Miles Davis. Y el nivel de improvisación era tal que los músicos sólo conocían dos datos: su turno a la hora de comenzar a tocar, y cuánto tiempo debía pasar entre una entrada y otra ( 20 segundos). A partir de ahí, la improvisación de cada uno tenía que surgir de tratar de tocar lo mismo que el componente que había entrado justo antes.

El disco supuso un enorme éxito de crítica, y fue muy alabado por el rey del jazz en esos momentos, el mismísimo Charlie Parker. Sin embargo, no hubo continuidad, Varias son las razones, desde mi punto de vista. La crítica decía que la música de Tristano y Mars era demasiado progresiva, fría y cerebral. En esto quizás se adelantaron más de una década al movimiento del Free Jazz, en los años 60, que entonces sí que surgió como una evolución natural del jazz de los tiempos de Coltrane y Miles. Diez años antes, faltaba mucho por recorrer. De hecho, a Tristano se le ha llamado el Nostradamus del Jazz.

Además, justo en el 49, Miles Davis estaba construyendo los cimientos de un “Cool jazz” alternativo, junto con músicos como John Lewis, Gerry Mulligan y Gil Evans, entre otros. Y esta senda fue la que siguió el público y la crítica en general, y la que ha quedado plasmada con más detalle en los libros de historia. Quizás porque fue más rupturista con la endiablada velocidad de Parker y Gillespie, o quizás porque tanto Tristano, como Marsh y Konitz eran blancos, o, tal vez, porque Tristano tenía un carácter especial mientras que Miles Davis tenía un gran carisma. El Cool Jazz de Miles fue el que trascendió, y el de Tristano y Marsh quedó en el olvido.

Para los aficionados y para mí. Hasta que comenzaron las casualidades de las que hablaba, rondando mientras daba forma al artículo.

La primera, la más sorprendente. Hace un mes. Me acerqué a la clínica a ver a mi traumatólogo, pues de forma súbita comenzaron de nuevo los dolores en el pie que tengo roto. El traumatólogo no pasaba consulta ese día, y en recepción me derivaron al reumatólogo. El reumatólogo se apellidaba, sorprendentemente, Tristano.

El médico me atendió correcta y educadamente, pero con la distancia normal de tratar con un cliente al que no conoce. Pese a ello, no me contuve, y le pregunté si por casualidad guardaba algún parentesco con Lennie Tristano. La respuesta me dejó helado: ¡era su sobrino-nieto!. Su familia, procedente de no sé qué región de Italia, emigró en los primeros años del SXX; la de Lennie a Chicago, la suya a Sudamérica, y luego a España. Le dije “Wow”, que es el título de uno de los temas más conocidos de Lennie, y hablamos un poco de jazz.

Ya en casa, movido por esta coincidencia, busqué mis listas de Spotify para reescuchar al pianista. En seguida, encontré el disco “Intuition” y me puse con él. Y aquí la segunda de las casualidades: Lo malo de investigar sobre jazz en Spotify es que cada disco y cada canción sólo referencia a un músico, y no al resto de la banda, ni la fecha de grabación- cosas que en el jazz son imprescindibles-; en este caso, en cada canción de “Intuition” veía que el artista era alguien llamado Marsh y no Tristano.

El paso siguiente, no podía ser otro, que ponerme a leer sobre Marsh, y a escucharlo. Encontré que sonaba de una forma especial. De hecho me atrajo mucho más Marsh que el propio Tristano. Tocaba mucho más suave que otros saxo tenores. Luego he sabido que, tantos años tocando junto a Lee Konitz, literalmente a la vez, habían hecho que sonara de forma muy parecida, lo que significaba tocar con un registro más agudo, propia del saxo alto; de ahí esa suavidad. En definitiva, he estado toda la Semana Santa, en casa, escuchándole noche y día, y disfrutando de lo lindo.

En su biografía, leí sobre su muerte súbita en plena actuación. Y eso hizo que, ya con el articulo a medias, lo rehiciera, para adaptar la historia. Pensé que debía darle las gracias a Marsh. Y entonces, observé las innumerables muestras de respeto emocionado que aficionados de todo el mundo le prodigaban. Vi incluso que su hijo había abierto una página en Facebook para honrar a su padre, y mostrar sus progresos mientras se documenta y recauda fondos para hacer una peli sobre su vida. Parece que Marsh era un tipo que merecía la pena y que hay un “revival” en torno a su figura. Leyendo la página de Facebook del hijo me encuentro súbitamente, con un podcast argentino de 2012 en el que, no me lo podía creer, hablaban sobre y ponían la música de mis dos protagonistas del artículo de hoy, Lee Morgan y Warne Marsh. La locura.

Y así termino mi artículo, intentando revivir en unas pocas líneas a este gran músico, el “Tesla” de la improvisación ( Coltrane sería el “Edison”) porque siento que me lo están pidiendo, y casualmente el día que se conoce en España como Domingo de Resurrección.

Si alguien me preguntara si pienso que hay algo que nos conecta con el más allá, le diría que no. Pero, francamente, hablar como si así fuera ¡es algo que me alegra la vida!

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Javier Pérez-Nievas Montiel.

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