Una Mano Pequeña en el Gallinero

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Sobre las colinas de escombros observamos como las excavadoras, esta vez del Selur, limpian los restos de los derribos anteriores. Nos situamos al borde del precipicio detrás de un grupo de niños soñolientos.

Rober no pierde detalle e inmortaliza cada cara, cada gesto con el objetivo de su D5. Marga se ha situado en la entrada del poblado, junto al autocar que llevará a los niños de El Gallinero al colegio Blas de Otero de Vallecas. Allí registra cada movimiento. Hoy no lleva su cámara, se la han prestado. Es el último día de clase.

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Sigo la escena junto a Rober, mientras saco unas fotos con mi teléfono para twitter. La batalla mediática hoy en día nos ha convertido en hombres y mujeres orquesta.

Observo a este niño rumano, con las manos y la cara ennegrecidas, que sigue con curiosidad la escena de las excavadoras. Aferrado a mí, a nosotros, extraños en este lugar de marginación.

Ya no me quedan manos, pero en un descuido noto unos pequeños dedos que aprietan mi palma. Observo a este niño rumano, con las manos y la cara ennegrecidas, que sigue con curiosidad la escena de las excavadoras. Aferrado a mí, a nosotros, extraños en este lugar de marginación. “Tienen miedo. Tenemos registrado los  momentos en que irrumpen las excavadores”, precedidas por una legión de antidisturbios, a caballo, a pie, ceñidos escudos y cascos. Anticipándose al viento, la lluvia y la tormenta. Vienen sin órdenes de derribo, pero ya van casi 30 chabolas caídas. Jorge es voluntario de San Carlos Borromeo. Hoy han venido también Javier Baeza, el párroco, y un grupo de estudiantes de Medicina. Son el muro de solidaridad que pretende hacer frente a la acometida del Ejército municipal.

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El día anterior, policías motorizados habían advertido que a las siete de la mañana proseguirían los derribos. “Finalmente ha sido una falsa alarma”, nos dice Lionel , que nos invita a pasar a su chabola. También charlamos con otra mujer joven, de 34 años que tiene un nieto ya. Estamos cerrando el círculo que abrimos hace seis meses en vísperas de Reyes, cuando visitamos este lugar llamado El Gallinero que siempre parece haber tenido las horas contadas. Los rumanos gitanos de la ciudad de Tandarai, llegados al calor de la fiebre inmobiliaria, vieron nacer aquí a sus hijos. Hoy van a la Escuela. Muchos saben leer y escribir. También conviven en campamentos de verano. El barrio de Vallecas podría ser su particular Shangri-La. Pero las instituciones soló les ofrecen el confinamiento de San Roque o la nada.

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Son las seis de mañana. Conducimos hacia el sur. Quizá El Gallinero siga en pie un día más. No sabemos por cuánto tiempo. Tampoco si ese niño rumano, nacido en España, podrá seguir aferrándose a la mano de un mayor cuando simplemente tenga miedo.

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